La encrucijada de Danilo

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Cuando trabajaba a mediados de los noventa para la desaparecida Cadena Eco, del gigante mexicano Televisa, me tocó vivir aquí los años convulsos de la salida de Joaquín Balaguer y la entrada al poder de Leonel Fernández, a la cabeza del Partido de la Liberación Dominicana (PLD).

De aquel oscuro proceso, que culminó con la victoria de Fernández sobre el Partido Revolucionario Dominicano de José Francisco Peña Gómez en el 2006, emergió la que se convertiría en la colectividad política más sólida en este país por las próximos dos décadas, a pesar de uno que otro tropezón en el camino.

Recuerdo todavía el clima de esperanza que provocaba el grupo de discípulos de Juan Bosch, todos muy jóvenes, queriendo impulsar un cambio y modernización que la República Dominicana no había experimentado en todo el siglo 20. Fernández daba clases de economía por la televisión y su séquito se encargaba de mover las instituciones hacia una nueva era en el servicio a la población.

Bajo la tutela del PLD, Santo Domingo se transformó, llegaron el Metro y novedosas formas de transporte urbano, el turismo subió como la espuma, se construyeron carreteras, elevados, redes de telecomunicaciones, entre muchas otras cosas. Con el paso del tiempo, me fui de República Dominicana y dejé un país creciendo sin parar, pero cada vez que regresaba notaba que aquel colectivo político, que lucía como la mayor esperanza para una buena parte de los dominicanos, había cambiado. Algo había reformulado su sustancia.

Ahora aquí, de nuevo, vemos cómo la corrupción logró penetrar las mayores estratas de los gobiernos recientes del PLD y cómo un sector de aquella generación de idealistas fue arrastrado al lado oscuro de la política, incluyendo a hermanos del pasado presidente Danilo Medina.

La crisis institucional es tal, que Danilo Medina fue elegido como presidente del PLD y al asumir el puesto el domingo pasado dijo que “no tenía otra alternativa”. Si el PLD se ha quedado sin alternativas de dirigencia, pues hace mucho que dejó de ser el símbolo de la esperanza, lo cual le toca a Medina reparar, sino es que quiere que su colectividad vuelva a sus raíces, a ser un partido de minoría, sin verdaderas cartas de triunfo.

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